Terminamos con esta primera mega entrega. Prometo que, en adelante, las cosas serán más tranquilitas
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Sería inútil tratar de buscar un héroe concreto. No somos los filólogos quienes tenemos el poder de cambiar estas cosas, pues pecaríamos de chamanes también. He llamado D1 a nuestro héroe en un intento de destacar lo que llamamos gramática descriptiva, esto es, la que se encarga de describir los fenómenos que ocurren en el lenguaje, y no intenta crear normas a las que se ajuste el sistema. El héroe son los hablantes, la lengua misma, los usuarios de la palabra CD ROM. ¿Alguien piensa en “cederrón” cuando pide a su sobrino que le haga una copia de sus fotos en un soporte físico? Lo dudo mucho. Más que nada porque solo hace falta acercarse a una tienda de consumibles informáticos y revolcarse en una pila de cajas en las que se puede leer CD ROM.
Hablaba antes de la fonética normativa porque, según la norma fonética castellana, no existe la consonante nasal bilabial sonora (lo que conocemos como “eme”) en posición final. Pero ¡ay amigos! Esto es tan relativo. Pongo un ejemplo. Según esa misma teoría, las consonante oclusiva bilabial sonora y sorda tampoco existen (la “be” de “Barcelona” y la “pe” de “Pamplona” respectivamente) en posición final. Sin embargo, yo recuerdo haber ido a algún pub, haberme saltado pocas señales de stop o haberme comunicado con mis amigos de otros países por web cam. A nadie se le ocurriría cambiar ahora mismo todas las señales de España y escribir “estó” en todas. Lo bonito de todo esto es que sí, efectivamente: el 99% de los españoles diríamos “estó” ante una señal roja en la que claramente se lee “stop”. ¿Por qué? Porque nuestra educación fonética nos impide pronunciar esa “s” iniciar sin poner una “e” antes (a esto se le llama “epéntesis”, añadir un sonido de apoyo); del mismo modo, tampoco sabemos pronunciar una “p” final, así que directamente la eliminamos (lo que se llama “apócope”, pérdida de un sonido de la cadena fónica).
De este modo, la RAE considera que los hablantes no podemos pronunciar la “eme” final de la secuencia “ROM”, lo cuál desde ya pongo en duda (creo que somos perfectamente capaces de ello), pero en fin, supongamos que es cierto. Repámpanos, nos vemos obligados a cambiar esa “eme” por una “ene”, que es la consonante más cercana fonéticamente hablando a la “eme” y que sí existe en esa posición en el sistema español. Pero problema: ahora las siglas no se corresponden con lo que definen, así que tenemos que eliminar el sistema de siglas y convertirlo en una palabra natural. No solo eso: el hablante (qué sabrá él, ingenuo mortal, que no sepamos nosotros, dioses del lenguaje) no distingue dos palabras (CD por un lado y ROM por otro), así que vamos a juntarlas en una sola. Y así nace el cederrón.
Pero yo me pregunto: ¿hacía falta? Nadie dice “cederrón”, porque no es productivo; demasiadas letras para acabar diciendo algo que también se puede decir con solo cuatro: cedé. Tampoco apoyaría que apareciera en el diccionario la entrada para cedé, pero lo vería más lógico. Todo esto conlleva una grave carga morfológica para la palabreja de marras. Hasta ahora, como siglas, el plural de CD había sido tal cual, CD:
(1a) Me he comprado un CD.
(2a) Me he comprado cinco CD.
Ahora, sometidos a las reglas morfológicas del castellano, la cosa quedaría como leemos a continuación:
(1b) Me he comprado un cederrón.
(2b) Me he comprado cinco cederrones.
Y dentro de poco, si esto prospera, tendremos cederrones y cederronas (esperemos que nuestra heroína no sea Bibiana Aído). Y también tendremos una güé cán o cámara güé en nuestro ordenador (o varias güé canes), y dejaremos de saltarnos los estós, e iremos a ligar al pá más cercano (o a los pás). El chamán lanza sus conjuros sin atenerse a razones, mientras que la población sufre las consecuencias de sus actos. Pero son dioses, no se les puede toser. No comprenden que la palabra original es bungalow, pero que nosotros diremos bungaló porque es como percibimos el lenguaje. No hace falta normativizarlo, chamanes del lenguaje. Los hablantes sabemos a qué nos enfrentamos, y sabemos que cuando decimos que Pau Gasol está jugando en la NBA a nadie se le ocurriría escribir enebeá; o que Stan Smith es miembro de la CIA, y no de la Cía; intenten quitarle el fútbol al pueblo, y dénle balompié. Solo lograrán tenerlos en su contra.
Quiero que quede claro que no estoy diciendo que todos debamos decir [ce | de | rom], con una “eme” final perfectamente pronunciada. Es imposible, es inútil y es improductivo. Sin miedo, lectores, pronuncien cederrón si són de Madrid, sederró si son de Sevilla, o como les venga en gana. Los demás tenemos competencia lingüística, y los entenderemos sin necesidad de pervertir el término original: seguiremos visualizando un CD ROM. Ustedes, queridos hablantes, son los héroes de esta historia. Quizá es demasiado tarde ya para nuestro amigo el CD ROM, y la única opción sea cortarle la cabeza, prenderle fuego y seguir adelante con nuestras vidas. Pero no olviden que el lenguaje es lo que ustedes quieran que sea, lo que ustedes hagan de él. La vida del lenguaje parte de ustedes, no de una institución. Es un gran poder el que les ha sido conferido. A grandes y a pequeños, a letrados y a analfabetos, a norteños y a sureños. Sean héroes. Seámoslo. Vamos a cazar zombis.