Dueños de las palabras

26 08 2010

¿Creéis que alguien puede hacerse dueño de una palabra? No me refiero a registrar una marca para que nadie más pueda usarla, o a inventarla y emplearla en un dominio restringido. Estoy hablando de crear una palabra y hacerla completamente tuya, con todos sus rasgos fonéticos, morfológicos, su comportamiento sintáctico y sus versatilidades semánticas. Tuya por completo. En mi opinión, resulta absurdo decir ser dueño de un sufijo. Pero parece que a los señores de Facebook las cosas absurdas les molan mogollón.

Me encuentro hoy con un meneo que afirma que los señores del caralibro han demandado a una red social de profesores por emplear el sufijo -book (Teachbook, se llama la página). Aquí hay dos cosas que discutir, así que vamos por partes.

Primero: ¿es realmente -book un sufijo? Hasta donde yo veo, el nombre de la red social Facebook es una palabra compuesta. Compuesta por dos palabras, concretamente: Face (cara) y Book (libro). Una traducción podría ser algo como “libro de caras”, en tanto que es una especie de álbum de personalidades. Una palabra compuesta no es una palabra derivada. Una palabra derivada, dicho pronto y mal, es aquella palabra que se modifica mediante afijos (ya sean prefijos, sufijos, infijos, interfijos o circunfijos) con la posibilidad de cambiar de clase gramatical. Un ejemplo de cada

  1. Prefijo: a la palabra “instalar” le añadimos el prefijo “pre-” y queda “preinstalar”.
  2. Sufijo: a la palabra “orar” le añadimos el sufijo “-ción” y queda “oración”.
  3. Infijo: para poner “cualquiera” en plural, añadimos el infijo “-es-” en el interior de la palabra, quedando “cualesquiera” (y no “cualquieras*”, que ya os veo venir).
  4. Interfijo: no tiene significado, pero se usa para evitar la cacofonía. Para hacer el diminutivo de “pez”, no decimos “pecito”, sino “pec-ec-ito”. Ese -ec- central es un interfijo.
  5. Circunfijo: son los que más molan, porque rodean y acorralan a la palabra. Ocurre con verbos como “enlatar” o “enrojecer”, a los que se les ha añadido simultáneamente el prefijo “en-” y el sufijo verbal “-ar” (o “-er”, “-ir”). Daos cuenta de que no existe el sustantivo “enlata*” ni el verbo “latar”.

Así pues, ¿qué vemos aquí? Que -book no es un sufijo, sino la segunda parte de una palabra compuesta, como puede ser “corchos” en “sacacorchos” o “choques” en “parachoques”. ¿Pueden los señores de Facebook asegurar que la palabra “book” les pertenece? Rotúndamente NO. Es como si la patente de los Cazafantasmas impidiera poner a otras películas títulos que tuvieran las palabras “caza” o “fantasmas”. Ahora vamos con la segunda cuestión.

Segunda: supongamos por un instante, aunque espero que haya quedado claro que no es así, que -book es, efectivamente, un sufijo. Tendríamos que asumir que la palabra que lo soporta es “face”, ya que un sufijo no puede formar palabras por sí mismo. Esto querría decir que quedaría terminantemente prohibido usar el sufijo “-book”, signifique lo que signifique, en ninguna otra palabra. Un caso práctico: voy a inventarme un sufijo, no sé… “-can”, que aporta a la palabra el significado de “ser susceptible de ser levantado por un ser humano de fuerza media”. Y creo una empresa, “Todocan”, que se dedica a crear aparatos susceptibles de ser levantados por seres humanos de fuerza media. Creo libroscan, cochescan, árbolescan, perroscan… y de repente, un ser sin escrúpulos y retorcido a más no poder usa el sufijo (MI sufijo) para decir que el otro día levantó a su abuela del suelo, esto es, pudo abuelacan. ¿Sería lógico que yo denunciara a ese despreciable ser que ha robado MI sufijo? De nuevo, mi respuesta es NO. Si no quieres que nadie use tus sufijos, no los inventes, pero gran parte del enriquecimiento lingüístico está precisamente en la experimentación, la invención de nuevas raíces, etc.

En fin, mi conclusión es esta. Facebook no tiene ningún derecho a denunciar a nadie por usar la raíz (que no sufijo, como ellos dicen) -book en ninguna palabra. Es como si McDonalds decidiera denunciar a todos los que usan el “Mc” y venden hamburguesas. Yo abro un negocio en mi pueblo y lo llamo McTronza, con hamburguesas de carne de caballo. A lo que me huele esto es a miedo corporativo, no a mi pequeño negocio de carne de caballo, sino a la estandarización de unos patrones que hagan que su producto deje de ser original. Pues asúmanlo, señores empresarios. La novedad está bien mientras es nueva. Si quieren seguir montados en el dólar, déjense de “denuncias sufijales” y céntrense en innovar y agradar a su público. He dicho.

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Afirmaciones categóricas

9 08 2010

Una amiga ha preguntado hoy que si conocemos a alguien que tenga en casa un audímetro. Yo no conozco a nadie, pero aprovecho para pedir por aquí a los que me leéis colaboración en el asunto. Gracias mil a todos.

El caso es que un servidor no tenía ni idea de lo que es un audímetro, pero para esas cosas está san Google. Y san Google me ha mandado a la santa Wikipedia para encontrarme esta joya de párrafo:

El nombre proviene de audi (una mala abreviación de la palabra «audiencia»), y metro: ‘medidor’. El nombre correcto sería «audiencímetro».

Ojo: mala abreviación. Es como decir que “telespectador” está mal, porque “tele-” es una mala abreviación de televisión, y debería decirse “televisiónespectador”. El uso de “Audi-” como prefijo con el significado de “audiencia” no me parece inapropiado, visto el ejemplo. Se os ocurren más ejemplos por el estilo?

En fin. Sirva esto para expresar mi opinión sobre la Wikipedia: es genial poder acceder y potenciar tal fuente de conocimientos, pero lo mejor siempre es contrastar y no hacer valoraciones de ningún tipo. Y en caso de duda, pues no pillarse los dedos con aseveraciones categóricas como esta que os he puesto. Como ya he dicho más de una vez por aquí, cuidadín con lo que decimos, familia 😉





Relato corto, microblogging y genios ocultos

16 04 2010

Que la redacción breve está cobrando importancia últimamente es un hecho sobradamente conocido. Redes sociales como Twitter y el microblogging en general potencian la capacidad de síntesis de los usuarios que en apenas 160 caracteres son capaces de escribir auténticas piezas de museo. Por supuesto, a la hora de definir el concepto todo chirría un poco; he llegado a leer definiciones de “2.0” que perfectamente serían aplicables a Platón. Parece que aún hay que madurar un poco la terminología actual y poner a verdaderos lexicógrafos y semantistas a trabajar en ello.

Ahora quiero centrarme en el tema del relato breve. Muchos conoceréis uno de los más populares cuentos cortos de Monterroso, titulado “el dinosaurio”. Para quien no lo conozca, aquí va:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí

Y ya está. No seamos tontos tampoco: tiene el valor que tiene. Creo que jamás podremos condensar en 160 caracteres la genialidad que se esconde tras obras como El Quijote, Akira o La música nocturna de Madrid (novela, cómic y música respectivamente), pero creo que materializar una buena idea, captar la atención de un lector en tan poco tiempo, tiene su mérito, pues no me digáis que no despierta en vosotros el ansia de saber. Saber quién despertó, qué hacía allí un dinosaurio, y si estaba “todavía” (una implicatura convencional, por cierto) es que ya había estado antes, y dónde es “allí”, y cómo había podido dormirse con un dinosaurio al lado. Qué de preguntas para algo tan pequeño, ¿verdad? De cualquier modo, creo que nunca hay que caer en el error de decir “es que yo soy experto en el micro-cuento” y llenarse la boca con ello. Insisto en que tampoco tiene más, y hay cosas mucho más interesantes en las que ser experto. Esto puede pasar perfectamente por placer, hobbie o actividad secundaria y uno puede hablar con autoridad de ello.

El caso es que hoy me han enviado un mail de estos en cadena que uno nunca sabe si son reales o no. En fin, el colegio existe, y está en Madrid, así que a lo mejor me paso un día por allí y me informo. Como estudioso del lenguaje, claro, no desde la curiosidad mórbida del internauta friki. No avanzo nada y ahora comento, os dejo la imagen:

Me he intentado poner en la piel del profesor. Si yo me encuentro esto entre los exámenes de mis alumnos, por supuesto lo primero es una sonora carcajada. Lo segundo es considerar lo que esta respuesta implica. Valoraría la longitud de la respuesta, pero como profesor, tendría que tragarme mis palabras: he pedido brevedad. Después, el alumno utiliza lenguaje considerado “vulgar”, pero qué diablos, he pedido concisión, y la concisión no está para andarse con eufemismos. Después toca ver si, efectivamente, se tratan todos los temas pedidos, que están, y además en orden: Sexo (¡Se follaron…), Monarquía (… a la reina!), Religión (¡Dios mío!) y misterio (¿Quién habrá sido?). Algunos podrían decir que “Dios mío” no es estrictamente un tópico religioso ya que es más una muletilla, una interjección, pero creo que hay argumentos suficientes como para considerar que, en este caso, es pertinente la invocación a un ser superior.

Así que lo tiene todo. Este tipo de composiciones están en auge y aunque, como ya he dicho, no son suficientes por sí mismas en la mayoría de los casos (en la inmensa mayoría) como para hablar de genialidades o grandes obras de la literatura, muestran un genio considerable en la mente de quien es capaz de engendrarlas (más aún si se trata de una ocurrencia en mitad de un examen). Si tenéis un rato, os aconsejo hacer el experimento: coged un periódico, una web, una película incluso y buscad tópicos sobre los que escribir. Mezclad tres o cuatro e intentad hacer algo parecido. Es un buen ejercicio de inventiva, desarrollo y, sobre todo, síntesis.

De cualquier modo, y ya para terminar, yo no premiaría esta obra con una nota máxima por las faltas de puntuación. Un signo de exclamación, así como uno de interrogación, finaliza la oración que cierra. Es decir, actúa como un punto, por lo que no se puede poner una coma justo a continuación. Y sí, Juan Ramón Jiménez escribía con jotas, pero antes tuvo que ganarse la etiqueta de genio de la escritura.

Más ratos de hoy:

  • Cine // Los medios se han volcado con el estreno de la versión de Burton de Alicia en el País de las Maravillas. Llevo toda la mañana viendo trailers, leyendo noticias y escuchando comentarios al respecto. Tengo muchas ganas de verla 😀
  • Videojuegos // Resulta que en España se prefiere comprar por Internet un videojuego que en tiendas físicas del país, por aquello del precio. Como siempre, la sangre íbera busca el beneficio por encima de la sensatez, y nadie se da cuenta de que  existe un mercado real que dejaría sus moneditas en las arcas nacionales por un precio un poco más competitivo. No, aquí prefieren cobrar un extra a los videojuegos que vengan de fuera, para que directamente se opte por no consumir o por la piratería. Impresionante.




Problema de sufijos

19 03 2010

Ayer, en la primera página de El País, podíamos leer el siguiente titular:

Tuve sexo con menores como forma de vida – El sumario del caso del karateca Baena revela los abusos cometidos

Salvando lo despreciable de la noticia en sí, una palabra ha llamado mi atención: karateca. Esa “c” al final me ha chirriado mucho, y dando vueltas a la cosa, me he dado cuenta de por qué. Por supuesto, la primera persona a la que he planteado este tema me ha hecho la pregunta evidente: ¿está aceptado por la Academia? He de decir que sí, la Academia acepta tanto karateca como karateka, si bien el panhispánico de dudas prefiere la solución con “c” sin decir a santo de qué. Bueno, voy a intentar explicaros yo el por qué.

Como todos sabemos, la “k” no es una letra muy empleada en español. Son pocas las palabras que cuentan con ella entre sus letras: kiwi, koala, kilo… contaditas, vaya. Por eso, al español le choca encontrarse ahí una “k”. Supongo que es por ello por lo que la Academia decidió sustituirla por una “c”, aún cuando en el idioma original se escribe con “k”.

La palabra deriva, como ya sabréis, del japonés. La raíz, “karate”, se escribe del siguiente modo:

Imagen extraída de http://www.askp-karate.com/Portals/0/images/Karate-Do_Kanji.gif

En realidad, lo que pone en la imagen es “karate-do”, el camino del karate o, por traducción, el camino de la mano vacía. El karate es una disciplina marcial que se practica sin armas; de ahí lo de la mano vacía. Pero, ¿qué es el “ka” (o “ca”, según la RAE)? Aquí viene el dilema. En japonés, el sufijo –ka equivale a nuestro sufijo –ista, que sirve para señalar a la persona que se dedica a algo (futbolista, tenista, maquinista… ya sabéis). Por lo tanto, el “karate ka” es el “karatista”, la persona que se dedica al karate. Mi planteamiento, por tanto, es que si se respeta la raíz, se debería respetar el sufijo también.

Pensemos ahora en otras palabras que en castellano terminan por –teca: biblioteca, pinacoteca, discoteca… la RAE define este sufijo como ‘lugar en que se guarda algo’. Pero claro, como esta terminación es corriente en castellano, debieron pensar que era mejor sustituir la letra “k” original por la “c”, ya que al pueblo le sonará mejor. Pero resulta que el pueblo sabe lo que es una “k”, sabe cómo se pronuncia, sabe cómo se escribe y no le tiene miedo. Y precisamente porque el pueblo no es tonto, su competencia lingüística le dice que esa terminación corresponde a ‘lugar en que se guarda algo’. Y por eso me ha chirriado esa terminación, y por eso abogo por mantener la palabra “karateka” tal cual. A discreción queda del hablante, por supuesto. Como dije, la Academia aún admite le “k” en la palabra… ¿qué opción preferís?

Más ratos de hoy:

  • Conocimiento del mundo // Una mujer se ha subido al bus y ha preguntado al conductor: ¿para en la siguiente parada?
  • Uso de comillas // He leído un cartel en el que ponía lo siguiente: Se busca piso en la zona, “urgente”, precio negociable. El uso de comillas indica que tan urgente no debe ser…
  • Música // Ayer encontré por fin una canción que llevaba tiempo buscando. Era parte de la Banda Sonora Original de la película Bitelchus. Podéis encontrarla pinchando aquí.

Si esto te ha gustado, quizá tengas un rato para…

El lenguaje zombi: pequeño escrito sobre los cambios no naturales en las palabras.





El lenguaje zombi (5 de 5)

16 03 2010

Terminamos con esta primera mega entrega. Prometo que, en adelante, las cosas serán más tranquilitas 🙂

5:

Sería inútil tratar de buscar un héroe concreto. No somos los filólogos quienes tenemos el poder de cambiar estas cosas, pues pecaríamos de chamanes también. He llamado D1 a nuestro héroe en un intento de destacar lo que llamamos gramática descriptiva, esto es, la que se encarga de describir los fenómenos que ocurren en el lenguaje, y no intenta crear normas a las que se ajuste el sistema. El héroe son los hablantes, la lengua misma, los usuarios de la palabra CD ROM. ¿Alguien piensa en “cederrón” cuando pide a su sobrino que le haga una copia de sus fotos en un soporte físico? Lo dudo mucho. Más que nada porque solo hace falta acercarse a una tienda de consumibles informáticos y revolcarse en una pila de cajas en las que se puede leer CD ROM.

Hablaba antes de la fonética normativa porque, según la norma fonética castellana, no existe la consonante nasal bilabial sonora (lo que conocemos como “eme”) en posición final. Pero ¡ay amigos! Esto es tan relativo. Pongo un ejemplo. Según esa misma teoría, las consonante oclusiva bilabial sonora y sorda tampoco existen (la “be” de “Barcelona” y la “pe” de “Pamplona” respectivamente) en posición final. Sin embargo, yo recuerdo haber ido a algún pub, haberme saltado pocas señales de stop o haberme comunicado con mis amigos de otros países por web cam. A nadie se le ocurriría cambiar ahora mismo todas las señales de España y escribir “estó” en todas. Lo bonito de todo esto es que sí, efectivamente: el 99% de los españoles diríamos “estó” ante una señal roja en la que claramente se lee “stop”. ¿Por qué? Porque nuestra educación fonética nos impide pronunciar esa “s” iniciar sin poner una “e” antes (a esto se le llama “epéntesis”, añadir un sonido de apoyo); del mismo modo, tampoco sabemos pronunciar una “p” final, así que directamente la eliminamos (lo que se llama “apócope”, pérdida de un sonido de la cadena fónica).

De este modo, la RAE considera que los hablantes no podemos pronunciar la “eme” final de la secuencia “ROM”, lo cuál desde ya pongo en duda (creo que somos perfectamente capaces de ello), pero en fin, supongamos que es cierto. Repámpanos, nos vemos obligados a cambiar esa “eme” por una “ene”, que es la consonante más cercana fonéticamente hablando a la “eme” y que sí existe en esa posición en el sistema español. Pero problema: ahora las siglas no se corresponden con lo que definen, así que tenemos que eliminar el sistema de siglas y convertirlo en una palabra natural. No solo eso: el hablante (qué sabrá él, ingenuo mortal, que no sepamos nosotros, dioses del lenguaje) no distingue dos palabras (CD por un lado y ROM por otro), así que vamos a juntarlas en una sola. Y así nace el cederrón.

Pero yo me pregunto: ¿hacía falta? Nadie dice “cederrón”, porque no es productivo; demasiadas letras para acabar diciendo algo que también se puede decir con solo cuatro: cedé. Tampoco apoyaría que apareciera en el diccionario la entrada para cedé, pero lo vería más lógico. Todo esto conlleva una grave carga morfológica para la palabreja de marras. Hasta ahora, como siglas, el plural de CD había sido tal cual, CD:

(1a) Me he comprado un CD.

(2a) Me he comprado cinco CD.

Ahora, sometidos a las reglas morfológicas del castellano, la cosa quedaría como leemos a continuación:

(1b) Me he comprado un cederrón.

(2b) Me he comprado cinco cederrones.

Y dentro de poco, si esto prospera, tendremos cederrones y cederronas (esperemos que nuestra heroína no sea Bibiana Aído). Y también tendremos una güé cán o cámara güé en nuestro ordenador (o varias güé canes), y dejaremos de saltarnos los estós, e iremos a ligar al pá más cercano (o a los pás). El chamán lanza sus conjuros sin atenerse a razones, mientras que la población sufre las consecuencias de sus actos. Pero son dioses, no se les puede toser. No comprenden que la palabra original es bungalow, pero que nosotros diremos bungaló porque es como percibimos el lenguaje. No hace falta normativizarlo, chamanes del lenguaje. Los hablantes sabemos a qué nos enfrentamos, y sabemos que cuando decimos que Pau Gasol está jugando en la NBA a nadie se le ocurriría escribir enebeá; o que Stan Smith es miembro de la CIA, y no de la Cía; intenten quitarle el fútbol al pueblo, y dénle balompié. Solo lograrán tenerlos en su contra.

Quiero que quede claro que no estoy diciendo que todos debamos decir [ce | de | rom], con una “eme” final perfectamente pronunciada. Es imposible, es inútil y es improductivo. Sin miedo, lectores, pronuncien cederrón si són de Madrid, sederró si son de Sevilla, o como les venga en gana. Los demás tenemos competencia lingüística, y los entenderemos sin necesidad de pervertir el término original: seguiremos visualizando un CD ROM. Ustedes, queridos hablantes, son los héroes de esta historia. Quizá es demasiado tarde ya para nuestro amigo el CD ROM, y la única opción sea cortarle la cabeza, prenderle fuego y seguir adelante con nuestras vidas. Pero no olviden que el lenguaje es lo que ustedes quieran que sea, lo que ustedes hagan de él. La vida del lenguaje parte de ustedes, no de una institución. Es un gran poder el que les ha sido conferido. A grandes y a pequeños, a letrados y a analfabetos, a norteños y a sureños. Sean héroes. Seámoslo. Vamos a cazar zombis.





El lenguaje zombi (4 de 5)

3 03 2010

Ya sin introducciones, la cuarta parte. ¡Ea!

4:

El lector avispado, o filólogo, o ambas cosas, ya habrá visto por dónde va mi disertación. Si no es así, amigo lector, no te sientas mal, o menos listo. Reconozco que ando por derroteros un poco extraños, y que volviendo al título con el que comencé este pequeño trabajo (El lenguaje zombi) la cosa no pinta demasiado bien. Pero te pido un poco más de paciencia para terminar de comprender la idea que me ronda. Si has interiorizado la secuencia de acontecimientos que se dan en el proceso de zombificación, lo que viene ahora resultará extremadamente sencillo y revelador.

Bien, vamos a poner nombre a las cosas. Varias veces he hecho referencia a los filólogos, a la RAE, y el propio título ya establece una dirección clara. A estas alturas, uno ya debe haberse dado cuenta de que no voy a hablar de las palabras o las estructuras sintácticas que más se repiten en los textos de temática zombi; eso lo dejo para otros expertos (para los expertos, vaya). Yo voy a hacer algo tan simple como poner nombre a las cosas. Vamos allá.

Recordamos a P1, ¿cierto? Vamos a sustituir a nuestro querido amigo (vivo ahora de nuevo gracias a las maravillas de la fantasía literaria) por una palabra. Por supuesto, esta palabra ha de cumplir los mismos requisitos que cumplía P1 como firme candidato a ser infectado: ha de ser una palabra débil. Escojamos una de las más débiles en castellano: CD ROM, que no solo son siglas sino que, además, proviene de otro idioma (recordemos, Compact Disc – Read Only Memory). Ya veremos quién hace las veces de malvado chamán y de héroe.

Pues nada, tenemos a nuestra palabra viviendo tranquila por el subespacio asignado al lenguaje, feliz de conocer países y convivir con otras lenguas. Se codea con nuestro sistema de preposiciones, se hace amiga del viejo término “vinilo” o “cassete”, intima en exceso con el verbo “grabar” (pero tiene una aventura con el verbo “regrabar”), etc. Feliz, vaya, lo que se dice feliz. Algo altera su existencia, claro. Aquí los hablantes no dicen [sidi’rom], como decían en su patria natal, sino que optan por llamarla [cede’rom]. Bien, estupendo. Todo el mundo sabe lo que es un cederrom, o un CD a secas (el ROM desaparece por varias causas que no voy a analizar ahora). Sin embargo, el malvado chamán ya ha echado el ojo sobre su débil existencia, y espera a que se sienta segura entre nosotros para asestar su golpe.

Efectivamente: la RAE hace acto de presencia y conjura a los antiguos poderes de la fonética normativa del castellano. De este modo, elimina la existencia de CD ROM y la sustituye por el zombi, por el malvado cuerpo sin vida (pues no ha nacido de la vida dada por el lenguaje, sino de una institución formada por esos dioses del lenguaje que mencionaba más arriba), y a ese zombi lo llama… ¡cederrón! Sí, cederrón. Maldita sea. Chomsky se revuelve en su tumba (ya, aún no está muerto… pero se revuelve, de cualquier modo), Bosque siente un fuerte pinchazo en la sien, Eguren sufre un colapso nervioso, y en diversas partes del mundo, filólogos y estudiosos de la lengua dejan caer sus tazas de café a medio beber, dejando que estallen contra el suelo en miles de diminutas porciones de cerámica empapadas en cafeína. CD ROM ha muerto. La RAE ha echado a andar su pútrido cuerpo bajo el nombre de cederrón. Es el momento de que aparezca un héroe que ponga fin a su mal llamada vida.





El lenguaje zombi (3 de 5)

1 03 2010

Prosigamos con la tercera parte de “El lenguaje zombi” 🙂

3:

Algo más arriba definíamos el proceso de zombificación en tres pasos, y apuntábamos hacia la idea de que el lenguaje era una entidad viva susceptible a ser sometida a dicha secuencia de acontecimientos. Voy a desarrollarlos un poco más para comprender la relación que pretendo establecer.

Primero, se va la vida. Supongamos un sujeto experimental llamado, no sé… P1, para no encariñarnos demasiado de él. El desdichado tiene la mala suerte de caer en los brazos de la infección (o la maldición, o la contaminación, insisto, según versiones) y muere internamente para pasar a convertirse en una especie de caparazón de carne que más tarde se moverá impulsada por instintos y nada más. Esos instintos son, básicamente, supervivencia y necesidad de alimento. Pero estamos entrando en el paso dos, no nos adelantemos. Es importante hacerse una pregunta: ¿quién sucumbe? Efectivamente, el más débil, el menos adaptado al medio. Es selección natural, no estoy diciendo nada nuevo. Así que debemos suponer que P1 no era demasiado hábil, o no corría demasiado, o tenía un sistema inmune excesivamente débil. Ya tenemos un pedazo de carne sin vida.

A continuación vendría el segundo paso. La vida que había antes en ese cuerpo, ahora inerte, se sustituye por algo corrupto: la infección, lo perverso, lo negativo. Vemos cómo P1 se levanta de nuevo con cara de pocos amigos: ojeras, despeinado, quizá algún trozo de carne colgando de sus viscosas mejillas. ¿Qué ha ocurrido? Un chamán vudú, pongamos R1, ha obrado su magia y ha decidido cumplir con sus malvados propósitos valiéndose de P1, que ahora es totalmente esclavo de un poder superior: el instinto del que hablábamos y, quizá, las órdenes del malvado chamán, si este tiene el suficiente poder. P1 ha muerto, por tanto, y ha sido sustituido por un ente viciado.

La secuencia podría bien terminar aquí. Pero como las historias de zombis acostumbran a ser fantásticas, tiene que haber un héroe, alguien que se encargue de acabar con esa repulsiva forma. Como ya dije antes, no existe una cura que elimine el mal zombi del organismo, pues ello supondría no solo descontaminar el cuerpo, sino también resucitarlo. Así que a nuestro bravo justiciero, al que llamaremos D1 (no sé, al azar), no le queda otra opción que liquidar al pobre P1, cuyo único crimen ha sido tener la mala pata de entrar en el espectro de visión del malvado R1. Así que, con lágrimas en los ojos, D1 coge su espada, o su escopeta, o su motosierra, o una lata de queroseno y una cerilla, o polvos de talco, o agua bendita, o salsa inglesa, o lo que sea, y se encara al pobre P1, que ahora obedece a su irrefrenable deseo de consumir porciones de humano. Por supuesto, una vez tengamos a P1 agonizando y a D1 recubierto de sangre, vísceras y disfrutando del bien merecido puro de la victoria, cabe la opción de que la adrenalina haga explosión en su organismo y se decida a adentrarse en la siniestra guarida de R1, nuestro chamán, y acabe con su miserable estrategia. Pero eso quedaría para una secuela.