El hombre que se enamoró de una palabra

18 09 2010

La palabra brotó de la mente del hombre. Estaba tomando un café tranquilamente con sus compañeros de oficina y, de repente, recordó que nunca había escuchado la palabra, y una fuerte sacudida hizo vibrar su organismo. ¿Cómo se recuerda algo que nunca has conocido? Quizá soñó con la palabra hacía mucho tiempo y, como un fantasma que vuelve a llamar delicadamente a nuestra puerta para reclamar nuestra atención, largo tiempo desviada hacia intereses más mundanos, ella había vuelto. Pero ¡ay! Qué forma más cruel de regresar. En forma de recuerdo, de vaga sombra. La palabra no era más que un leve susurro en el día a día del hombre. Si hubiera que preguntarle a él, diría que la sensación era similar a tener una palabra en la punta de la lengua, que no llega a salir, solo que al revés. No quería que la palabra saliera, sino que entrara en él, que lo inundara. Dejó su café y abandonó a sus compañeros de oficina. Salió a la calle y empezó a buscar.

Al cabo de unas semanas, volví a ver al hombre. Su aspecto no era malo, he de decir. Quizá el halo de hombre enamorado que lo envolvía ayudaba a disimular las ojeras que se marcaban afanosamente en su rostro. Le pregunté que cómo le iba, y me dijo que se había enamorado. Me alegré por él, claro, pero cuando avanzó en su historia, temí que la cordura de mi buen amigo, el hombre, se hubiera ido a dar un paseo por alguna estrella cercana. Enamorado, sí, pero no de una persona. Estaba enamorado de una palabra. De esa palabra que aún no lograba perfilar.

Emocionado, sacó una carpeta y la abrió, derramando su contenido en la mesa que compartíamos. Entre nuestros respectivos cafés –yo con leche fría, él un cortado que no probaría hasta dos minutos antes de largarse– apareció una marea de folios escritos. Miles, quizá millones de palabras garabateadas, escritas en mayúsculas, en colores, al revés, con bolígrafo, de más de quince letras. “Mira, ¿ves?”, me dijo. “Aún no he encontrado esa palabra, pero sé que está cerca”. Y una sonrisa apareció en el rostro de un hombre, el hombre. No era una sonrisa maniática ni desquiciada; pude sentir claramente que mi buen amigo no estaba loco. No, nada más lejos de la realidad. Miraba con unos ojos que por vez primera parecían ver de verdad, y saboreaba cada átomo de aire que respiraba. Su estado no era frenético, sino sosegado. “La voy a encontrar, amigo mío, muy pronto”. Así que le hice la pregunta que a todos os habrá venido a la cabeza. “¿Y qué harás cuando la encuentres?”. Creedme: cuando la duda atraviesa la mente de un hombre enamorado, uno puede ver un rayo fulminante tras su mirada. Yo vi ese rayo. Me confesó que no lo había pensado, y efectivamente, durante unos segundos pareció perturbado. No obstante, inmediatamente se repuso, y dijo que cuando la encontrara sabría qué hacer. Sin duda. Le sonreí intentando transmitir lo que sentía en ese momento (total y absoluto desconocimiento de la situación, pero apoyo incondicional a mi amigo, el hombre, un enamorado más), y me levanté para pagar los cafés.

Cuando volvía a por mi chaqueta, la expresión de el hombre había cambiado. En una sola tarde, la mente de mi buen amigo había atravesado varias emociones (¡y cuántas más habría pasado en sus semanas de búsqueda!), pero esta me era totalmente desconocida. Había dejado a medio terminar la tarea de recoger todos los papeles anteriormente dispersados. En lugar de apurar su café solo de un sorbo al final, como solía hacer, la bebida continuaba aún impertérrita en su taza, en su platito, en su mesa, en la cafetería, en Madrid. El café se convirtió de pronto en un epicentro de mutismo y quietud, propiciado por la expresión de mi buen amigo, el hombre. Ojos vigilantes, labios entreabiertos, manos en tensión. Decidí no perturbar la epifanía que estaba experimentando, fuera esta la que fuera, y observé acodado en la barra, esperando que su estado finalizase pronto para poder recoger mi chaqueta de la silla.

No tardó demasiado en reaccionar. Se levantó de su asiento y se dirigió a una mesa que se encontraba a su espalda, unos metros hacia el fondo de la cafetería. Yo cambié mi posición en la barra para acercarme y poder vigilar bien sus movimientos. Aunque no estuviera loco, estaba cansado, y podía necesitar de mi intervención en cualquier momento. Temí lo peor cuando cogió una silla y se sentó en la mesa que ocupaba una chica de mediana edad sin dejar de mirarla (a la chica, claro). La joven se quedó, a su vez, mirándola. “Perdona”, dijo mi amigo cuando pudo reaccionar y el juego de miradas hubo terminado. “¿Puedes repetir lo que acabas de decir hace un momento?”. Titubeando un poco, ella lo repitió. Y os juro que vi la luz nacer en el hombre, y supe que había encontrado su palabra. Así que los dejé charlando. Recogí mi chaqueta y me tomé la libertad de recoger la carpeta de mi amigo, el hombre.

Ya en casa, quise volver a echar un vistazo a sus notas. Desde luego, yo jamás habría imaginado tantas formas diferentes de escribir, pero ahí estaban. Y, al final, la palabra no fue más que una voz. El suave movimiento de la comisura de los labios de quien la pronuncia, la mirada que refleja cada uno de los sonidos de los que está conformada, el leve gesto de manos que quiere apoyar a su significado. La palabra no son letras, ni formas, ni sonidos aislados, sino lo que aquella joven fue capaz de hacer con ella.

No sé qué palabra fue. Ni tampoco sé, ya de paso, cómo fue que el hombre fue capaz de escucharla. El ruido de la cafetería era considerable, y seguramente la chica habló para sí misma, ya que estaba sola. Susurró. Pero el susurro llegó hasta el hombre, y lo guió en medio de tal caos. Supongo que es parte del poder que tienen las palabras, ese del que la mayoría de nosotros no somos conscientes. Así que, si me permitís un consejo, si os enamoráis de una palabra, no la busquéis en diccionarios, tipografías o materiales de escritura. Dejad que sea ella la que os guíe. ¿Tenéis alguna palabra favorita?

Anuncios




Un experimento

25 08 2010

Bueno, he decidido hacer un pequeño experimento. He aquí un principio, un posible principio para una posible historia. Había pensado abrir un blog nuevo para incluir cosas de este estilo (cosas “literarias”), y dejar este para cosas más críticas. Pero una amiga me ha sugerido combinar ambos estilos en un mismo sitio, así que helo aquí. No sé qué es, lo acabo de escribir, entre bostezos, silbidos y tarareos de alguna canción que va pasando por mi reproductor. Pero para eso estáis vosotros =) Si sois capaces de leer el texto completo (no es demasiado), me gustaría que jugáramos a un pequeño juego. Cuando terminéis de leer os explico las reglas. ¡Adelante!

_______________________

Las cinco capuchas descubrieron, casi al unísono, cinco cráneos peculiares. No por su forma, ni por su edad, ya caudalosa. No; lo peculiar de esas cinco cabezas era lo que escondían dentro. Cinco portentos que una vez tomaron una decisión. Cinco mentes que, conjuntadas, podrían doblegar cualquier régimen mundial, satisfacer casi cualquier deseo, someter a cualquier ciudad, nación o incluso a cualquier dios. Los cinco músicos más poderosos que habían pisado alguna vez el mundo habían tomado una decisión hacía mucho tiempo: que su poder no sería usado nunca. Así que un día, ataviados con una sencilla túnica negra bordada con un símbolo en la espalda, se unieron y depositaron todo su saber en diversos recipientes, elegidos especialmente para tal efecto. Y ellos, ahora cascarones vacíos, se volvieron locos de atar. Incapaces de distinguir el bien del mal, la noche del día. Pero se guardaron un hilo de cordura.

Pese a su situación, se decía que aún eran capaces, aún por separado, de arrancar los sonidos más sentidos a sus instrumentos. Quienes tenían la fortuna de escucharlos, se veía inundado de una alegría indescriptible, y comenzaba a reír a carcajadas, o a llorar de felicidad. Tal era su habilidad, y tal era su poder, pues quien es capaz de provocar tal satisfacción en el corazón humano, es igualmente dado a retorcer y emponzoñar los sentimientos más puros. Así que ahora, las cinco túnicas se dedicaban a deambular de pueblo en pueblo, con la sonrisa siempre en los labios, locos. Y nada les faltaba nunca allá donde fueran, pues siempre eran recibidos con los brazos abiertos; y desde reyes hasta mendigos, todos eran capaces de renunciar a una hogaza de pan, unas monedas o incluso tesoros mayores ante la melodía de los cinco locos.

Cinco túnicas. Cinco símbolos. Unas ondas plateadas para Danovich, el maestro del viento; una corchea verde para Marstock, la profunda voz; tres líneas verticales paralelas del color del sol para el amo de las cuerdas, Jornna; un arco de violinista marrón, de madera, para Caloccio, quien, se dice, ha hecho llorar a mil violines; y, para el más experimentado de todos ellos, amo y señor de la música, K’rlez, tres teclas de piano blancas y dos de color negro azabache, visibles aún en contraste con su túnica. Cinco locos.

Ahora, los locos no se dirigen a ninguna ciudad, ni pueblo, ni reino. Ni deambulan por los caminos, como han venido haciendo los últimos años (¿quién sabe cuántos?). Su paso es ahora firme. Su sonrisa tiembla. Suben la montaña con la precisión de una cabra montesa, y ni la lluvia que comienza a caer, ni los truenos que amenazan, ni la oscuridad de la noche parece ser oponente para ellos. Los cinco locos llegan a la cima, sudando, heridos por las rocas y zarzas en sus pies descalzos. Se detienen, y miran a un punto. Todos a la vez. Danovich saca una flauta, Jornna tañe su laúd, Caloccio prepara su violín. Con unos toques de manos, un teclado hecho de aire y magia aparece ante K’rlez, y, lentamente, la voz de Marstock inicia una melodía. Suave al principio. Lenta. Acompañando a las notas, las gotas de agua danzan alrededor de los cinco músicos. Los animales huyen de la zona, asustados por no saben bien qué, sin saber hacia dónde ir. Se acerca un crescendo en la melodía, y los truenos, acompañando a la poderosa voz de Marstock, afinan su rugido. Los cinco ríen, como los locos que son. La melodía sigue aumentando en pasión, en furia, en violencia. La montaña entera se sacude, y en todo el mundo da la sensación de que los mismísimos cimientos del cielo sufren una sacudida. Los cinco locos siguen cantando, con su sonrisa. En el clímax de la pieza interpretada, un destello de luz surge de la roca más elevada de la montaña. El rayo de luz que asciende despeja las nubes, ahuyenta a los rayos, acalla a los truenos, seca la lluvia, adormece al viento. Los elementos se doblegan ante tal aparición, y en leguas a la redonda, los seres que, hasta el momento, viven en paz, se preguntan con curiosidad la procedencia de tal fuente de energía.

Pocos de ellos verán un amanecer para continuar haciéndose la misma pregunta.

_______________________

¡Bien! Si has llegado hasta aquí, eres un héroe (o una heroína). El juego que propongo es el siguiente: yo os voy a lanzar una pregunta sobre el texto, y os voy a dar algunas opciones. De hecho, os voy a hacer dos preguntas. Allá vamos:

  1. Los cinco locos, ¿han muerto en su labor? ¿O siguen vivos como figuras (de momento) misteriosas?
  2. Los seres que han visto el rayo, no ven amanecer al día siguiente (esto es, la espichan). ¿Han sido los cinco locos? ¿O pasa algo más aparte de la maravillosa columna de luz?

Vamos a hacerlo un poco interactivo 🙂 Este fragmento no está preparado, ojo, pero si veo que mola la idea, intentaré preparar el siguiente para dejar un final un poco más “abierto” con más opciones para elegir. Ya diréis qué os parece la idea. ¡¡Espero respuestas!! Ahora me voy a la cama, os dejo reflexionando. ¡Hasta mañana!





Ofender a un desaparecido es la ofensa más grave

19 06 2010

La frase no es mía, es de Buenafuente, y la ha Twitteado hace unas horas a tenor del siguiente artículo de Libertad Digital:

http://www.libertaddigital.com/sociedad/muere-el-escritor-portugues-jose-saramago-1276395500/

No suelo meterme en estos berenjenales, pero vengo un poco caliente y con ganas de derramar bilis sobre alguien. Os ha tocado, amigos. Y lo voy a hacer desde el punto más objetivo que conozco: el lingüístico.

1) […] desde su lujosa residencia de Lanzarote, en el que disfrutaba de todos las comodidades del capitalismo […] // alguien debería hablaros del género. Veréis, cuando se habla de una “lujosa residencia” se ha de decir “en la que disfrutaba”, no “en el que disfrutaba”. Cuando se habla de “las comodidades” se dice “de todas”, y no “de todos”. ¿Bien?

2) […] escribía soflamas contra Occidente […] // No os favorece el empleo de eufemismos como “soflamas”. Discursos, peroratas, incluso, por qué no, decidlo: MENTIRAS, si es lo que creéis. Esconderos detrás de palabrejas no os ayuda, os lo aseguro.

3) […] mientras apoyaba revoluciones como las de Chiapas en México […] // Ahora vamos a tener que hablar del número. En Chiapas hay una revolución. Una. No cinco. Así que no son “las de Chiapas”, sino “la de Chiapas”.

4) […] Pese a la calidad de su obra literaria, que fue premiada con un Premio Nobel […] // Ojo: fue premiada con un premio. No pudo ser “galardonada”, “reconocida”, “alabada”, no, tuvo que ser “premiada” con un “premio”. Bravo.

5) Las comillas, compañeros. Un total de cinco pares de comillas, once palabras encerradas entre esas endemoniadas rayitas. ¿Sabéis qué? Las comillas se ponen para reproducir lo que alguien ha dicho. Si no, solo sirven para demostrar la incultura de quien las pone. Es como confesar que no encuentras la palabra adecuada, y te conformas con una cualquiera.

Y, en fin, más cosas. No tengo cuerpo ahora, que es muy tarde, y he dejado de estudiar hace poco. Me dirán “es que el artículo se ha escrito con prisas”, y me dará exactamente igual, porque una persona que sabe escribir lo hace a la primera. Solo quiero que quede bien clara una cosa: si en algún momento de vuestra vida os veis impelidos a criticar a alguien, a quien sea, ejerciendo el pleno derecho que tenéis a defender vuestra postura frente a la otra, tened cuidado. Ni siquiera voy a mencionar lo deleznable que es cebarse de esta forma con una persona recién desaparecida. Porque Saramago podrá ser todo lo que quieras, no lo sé, y tendrá sus valores y sus defectos. Pero, por lo menos, era capaz de transmitir ideas de forma coherente. Por lo menos, era capaz de juntar tres palabras. Por lo menos, sabía escribir.





Una pequeña muestra: la viñeta cómica en el franquismo

18 06 2010

– Chica, ¿qué es de tu vida?

– Pues aquí la tengo, donde siempre.

– Me habían dicho que ya no la tenías ahí.

– A mí también me lo habían dicho, pero no es verdad. Si no la tuviera aquí, lo sabría yo.

– No vale la pena de morirse. ¡Para cuatro días que vive una!

– Yo vivo cinco.

– ¿A verlos?

– Aquí no llevo más que dos. Los otros tres los tengo en casa.

– Haces bien. Nunca sabe una lo que puede pasar. ¿Y esos niños son tuyos?

– No. Me los acabo de encontrar.

– Pues parecen buenos. A lo mejor son de alguien.

– Si fueran de alguien estarían envueltos en un papel.

– Eso es verdad. ¿Y tu novio?

– ¿Cuál? ¿El alto y gordo?

– No. El delgado y bajito.

– ¿Ese rubio con bigote?

– No; aquel moreno y con barba.

– Reñí con él. Todos los hombres son iguales.

– Eso también es verdad, chica…

Publicado en La Codorniz





Relato corto, microblogging y genios ocultos

16 04 2010

Que la redacción breve está cobrando importancia últimamente es un hecho sobradamente conocido. Redes sociales como Twitter y el microblogging en general potencian la capacidad de síntesis de los usuarios que en apenas 160 caracteres son capaces de escribir auténticas piezas de museo. Por supuesto, a la hora de definir el concepto todo chirría un poco; he llegado a leer definiciones de “2.0” que perfectamente serían aplicables a Platón. Parece que aún hay que madurar un poco la terminología actual y poner a verdaderos lexicógrafos y semantistas a trabajar en ello.

Ahora quiero centrarme en el tema del relato breve. Muchos conoceréis uno de los más populares cuentos cortos de Monterroso, titulado “el dinosaurio”. Para quien no lo conozca, aquí va:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí

Y ya está. No seamos tontos tampoco: tiene el valor que tiene. Creo que jamás podremos condensar en 160 caracteres la genialidad que se esconde tras obras como El Quijote, Akira o La música nocturna de Madrid (novela, cómic y música respectivamente), pero creo que materializar una buena idea, captar la atención de un lector en tan poco tiempo, tiene su mérito, pues no me digáis que no despierta en vosotros el ansia de saber. Saber quién despertó, qué hacía allí un dinosaurio, y si estaba “todavía” (una implicatura convencional, por cierto) es que ya había estado antes, y dónde es “allí”, y cómo había podido dormirse con un dinosaurio al lado. Qué de preguntas para algo tan pequeño, ¿verdad? De cualquier modo, creo que nunca hay que caer en el error de decir “es que yo soy experto en el micro-cuento” y llenarse la boca con ello. Insisto en que tampoco tiene más, y hay cosas mucho más interesantes en las que ser experto. Esto puede pasar perfectamente por placer, hobbie o actividad secundaria y uno puede hablar con autoridad de ello.

El caso es que hoy me han enviado un mail de estos en cadena que uno nunca sabe si son reales o no. En fin, el colegio existe, y está en Madrid, así que a lo mejor me paso un día por allí y me informo. Como estudioso del lenguaje, claro, no desde la curiosidad mórbida del internauta friki. No avanzo nada y ahora comento, os dejo la imagen:

Me he intentado poner en la piel del profesor. Si yo me encuentro esto entre los exámenes de mis alumnos, por supuesto lo primero es una sonora carcajada. Lo segundo es considerar lo que esta respuesta implica. Valoraría la longitud de la respuesta, pero como profesor, tendría que tragarme mis palabras: he pedido brevedad. Después, el alumno utiliza lenguaje considerado “vulgar”, pero qué diablos, he pedido concisión, y la concisión no está para andarse con eufemismos. Después toca ver si, efectivamente, se tratan todos los temas pedidos, que están, y además en orden: Sexo (¡Se follaron…), Monarquía (… a la reina!), Religión (¡Dios mío!) y misterio (¿Quién habrá sido?). Algunos podrían decir que “Dios mío” no es estrictamente un tópico religioso ya que es más una muletilla, una interjección, pero creo que hay argumentos suficientes como para considerar que, en este caso, es pertinente la invocación a un ser superior.

Así que lo tiene todo. Este tipo de composiciones están en auge y aunque, como ya he dicho, no son suficientes por sí mismas en la mayoría de los casos (en la inmensa mayoría) como para hablar de genialidades o grandes obras de la literatura, muestran un genio considerable en la mente de quien es capaz de engendrarlas (más aún si se trata de una ocurrencia en mitad de un examen). Si tenéis un rato, os aconsejo hacer el experimento: coged un periódico, una web, una película incluso y buscad tópicos sobre los que escribir. Mezclad tres o cuatro e intentad hacer algo parecido. Es un buen ejercicio de inventiva, desarrollo y, sobre todo, síntesis.

De cualquier modo, y ya para terminar, yo no premiaría esta obra con una nota máxima por las faltas de puntuación. Un signo de exclamación, así como uno de interrogación, finaliza la oración que cierra. Es decir, actúa como un punto, por lo que no se puede poner una coma justo a continuación. Y sí, Juan Ramón Jiménez escribía con jotas, pero antes tuvo que ganarse la etiqueta de genio de la escritura.

Más ratos de hoy:

  • Cine // Los medios se han volcado con el estreno de la versión de Burton de Alicia en el País de las Maravillas. Llevo toda la mañana viendo trailers, leyendo noticias y escuchando comentarios al respecto. Tengo muchas ganas de verla 😀
  • Videojuegos // Resulta que en España se prefiere comprar por Internet un videojuego que en tiendas físicas del país, por aquello del precio. Como siempre, la sangre íbera busca el beneficio por encima de la sensatez, y nadie se da cuenta de que  existe un mercado real que dejaría sus moneditas en las arcas nacionales por un precio un poco más competitivo. No, aquí prefieren cobrar un extra a los videojuegos que vengan de fuera, para que directamente se opte por no consumir o por la piratería. Impresionante.




Shakespeare lanza un tweet.

13 04 2010

La imagen es de una serie de animación japonesa basada en la historia de Romeo y Julieta. Una versión más.

A través del facebook de una amiga leía esta mañana la siguiente noticia (pinchad aquí para acceder al texto completo). La Royal Shakespeare Company se ha embarcado en una de las representaciones teatrales más interesantes (cuando menos) de la historia, y ha elegido como título el que diera más fama a su creador: Romeo y Julieta. Pongámonos en antecedentes.

Decía Neruda allá en los albores del modernismo que no se podía considerar que un poema con la palabra “avión” o con la expresión “sonidos de máquinas descompuestas” fuera moderno. El chileno buscaba algo más aparte de la terminología en la concepción del poema moderno, pero tampoco me atrevo a afirmar de manera contundente que se refiriera a esto al hacer tal aseveración.

Como decía, la RSC ha decidido adaptar el teatro a los nuevos tiempos en un alarde de lo que podríamos llamar “neomodernismo” pero que yo prefiero llamar “literatura hipertextual” o “hiperliteratura”. Han cogido la obra de Shakespeare mencionada, a unos cuantos actores, han elaborado un escueto guión (más un esquema de la historia) y han echado a la bicha a andar en Twitter y Youtube. Los protagonistas desarrollan su dramtis personae en un entorno totalmente virtual e interactivo. Antes de que los puristas se lleven las manos a la cabeza, supongo que deberíamos considerar las innovaciones que todo esto conlleva.

Para empezar, se trata de una obra diacrónica. Se “representa” desde ayer lunes hasta dentro de cinco semanas, lo que da un considerable margen de preparación a los actores. Además, como ya he dicho, es interactiva, pudiendo participar todos los usuarios que así lo deseen implicándose en la trama establecida: Julieta es una adolescente que escribe con faltas de ortografía (bien captado el espíritu adolescente de los tiempos que corren) y que no ha tenido nunca novio, frustración que palia con una adicción semi-enfermiza a Internet. A partir de aquí, y gracias a las maravillas del microblogging y el stream (también cuelgan vídeos en Youtube), la historia seguirá el curso que los actores decidan de acuerdo con su pequeño guión y los comentarios de la gente.

¿Qué me parece? Francamente, me parece muy bien. A través de la web del proyecto (http://suchtweetsorrow.com/story/) podemos seguir las peripecias de una Julieta de una manera mucho más introspectiva que en cualquier obra de teatro, y es una adaptación interesante. Esto me recuerda a aquél gag de El Cansancio en el que la Real Academia Española ofrecía un servicio mediante el que enviaban la obra Don Quijote de la Mancha por sms a quien lo solicitara (por unos 2000 euros al mes). En un momento dado, el adolescente en cuestión decía “además así puedo leer en el patio del insti”, a lo que el entrevistador respondía “bueno, también puedes leer un libro en el patio”. La reacción del joven no tiene precio: “¿leer un libro en el patio del insti? Qué poco sabe usted de supervivencia juvenil”.

En fin, lo que digo. Muchos puristas se llevarán las manos a la cabeza y clamarán a los cielos que abran la caja de los rayos y los truenos para pulverizar a los sacrílegos que han osado maltratar así una obra intocable. Y que si “profanación”, y que si “ultraje”, y que “si Shakespeare levantara la cabeza…”. Pues mire usted, si Shakespeare levantara la cabeza sería un zombi, y el concepto de “intocable” ha pasado a mejor vida. La globalización y la interacción total han facilitado que todo sea susceptible de ser cambiado, reelaborado y adaptado al gusto de quien así lo desee. La experimentación nos ha presentado a vampiros que brillan al sol, a un Jesucristo que vuelve a la vida en forma de zombi, a una Alicia a través del espejo infantiloide, a un Hamlet en forma de león. Algunos de estos experimentos han resultado ser poco afortunados. Otros han respirado los aromas de la gloria y se han convertido en estándares sobre la tradición. Pero una cosa está clara: sin experimentación no se llega a ninguna parte.

Así que cojan sus libros de páginas amarillas y quebradizas y enciendan la vela de su escritorio para paladear las delicias del original de William Shakespeare. Córtense las venas literarias y viertan ríos de tinta sobre la naturaleza monstruosa y bastarda de la criatura que ahora está naciendo. Enciérrense en sus tumbas de papel en lugar de abrir las ventanas del arte y dejarse mecer por los vientos de la literatura. Yo, sin despreciar el evidente placer de la magistral obra original, voy a abrirme una cuenta en Twitter para seguir la historia de estos nuevos románticos.

Más ratos de hoy:

  • Arte // Del 3 al 7 de mayo, en la facultad de profesorado de la UAM, hay unas jornadas culturales sobre el arte en la calle. Siempre me ha parecido interesante discernir entre bandalismo y arte. Las jornadas tocarán todos los palos de la baraja: graffiti, música, danza urbana… Me gustaría asistir.
  • Cultura // Este jueves 15 de abril se celebra en el campus de la UAM el día de Turquía. Si tenéis oportunidad, os aconsejaría acercaros para ver qué tal. Cuando visité el país, quedé maravillado, y yo no pienso perder la oportunidad de volver a pasarme por allí.
  • Cultura // Se acerca el día del libro, 23 de abril, y ya se puede ver el plan de la Comunidad de Madrid para festejar tal evento. Aunque es una fecha que no termina de traerme buenos recuerdos, tengo ganas de pasar el día entre páginas y páginas. Ya haré reseña en su día.
  • Libros // Parece que al final, los libros electrónicos irán gravados con el 16% de IVA, y no con el 4% que anunció en su día la ministra de cultura, Ángeles González-Sinde. Nos la dan con queso como quieren…




Las extrañas aventuras de Solomon Kane (y su extraña adaptación al cine)

18 03 2010

Haciendo honor al título del blog que estreno, hoy vamos a tener un rato literario. Por supuesto, habría que mencionar que la literatura no es un compartimento estanco, como muchos piensan, sino que tiene relación con un sinfín de disciplinas artísticas, científicas o técnicas. Si nos paramos en lo que son letras escritas, la literatura nunca alcanzará su apogeo, pues es en la interdisciplinariedad donde toda manifestación artística encuentra su sitio. Así que hoy vamos a hablar también de cine.

El primer día de este año 2010 se estrenó en los cines de España la mal llamada adaptación cinematográfica de los cuentos que el autor del conocido Conan escribiera tiempo ha. Salí del cine un tanto confuso. ¿Cómo es posible que la pluma del gran Robert E. Howard vomitara esa estupidez? De verdad, no me cuadraba. Lejos de mi intención hacer un juicio de valor absoluto, por supuesto. Pero no me gustó la película. Predecible desde el principio, con una trama absurda y un argumento manido, el filme presenta las aventuras de un señor que era muy malo muy malo, hizo un trato con el demonio y, en el último momento, escapa de sus garras. ¿Cómo evitar el funesto destino que el Señor Oscuro le tiene reservado? Pues siendo muy bueno muy bueno, claro. Así que se dedica a hacer el bien sin matar nunca a nadie, lo cuál me recuerda un poco a nuestro querido Kenshin, el samurai con la espada de filo invertido. A partir de aquí, cualquier puede imaginar lo que va a pasar en cada minuto de la película.

De verdad que salí en cierto modo defraudado. Jopé, que es Robert Ervin Howard, creador de Conan el Cimerio. Solomon Kane fue publicado en la prestigiosa Weird Tales… algo fallaba, o en mi percepción, o en la película. Así que decidí acercarme a la fuente, al libro, y me di cuenta de que había cometido un error. El error fue ir a ver la película, claro. El libro se estructura en varios relatos cortos (algunos más cortos que otros) en los que un puritano ha prometido hacer el bien al precio que sea, y defender a la gente de las injusticias y demonios del mundo. Nada que ver con el héroe de la película, ya que el personaje de tinta llega a condenar a un inocente en pos del bien de muchos otros. Nada que ver.

En fin, los cuentos son muy amenos, muy agradables y agradecidos de leer. La editorial Valdemar, aprovechando (o a pesar de) el estreno de la película, ha lanzado una magnífica recolección de estos cuentos (faltan dos, los que se publicaron póstumamente en la revista Red Shadow, pero a cambio nos brindan el primer episodio de Sonia la Roja) en las que el propio editor León Arsenal afirma que se ha respetado la edición original, que en su día fue “retocada” por motivos de ofensa racista y demás. La mayor parte de estos relatos tienen lugar en África, donde Kane se enfrenta a vampiros, caníbales, zombis, arpías, etc., por lo que la palabra “negro” aparecerá varias veces en el texto. Que nadie se apure: es que son negros. Y los negros no son los malos: los malos son los vampiros, los caníbales, los zombis, las arpías… y algún francés o inglés también. Me alegro de ver que se empiezan a entender las cosas por lo que son.

Lectura muy recomendada. La película, os la podéis ahorrar.