El lenguaje zombi (5 de 5)

16 03 2010

Terminamos con esta primera mega entrega. Prometo que, en adelante, las cosas serán más tranquilitas 🙂

5:

Sería inútil tratar de buscar un héroe concreto. No somos los filólogos quienes tenemos el poder de cambiar estas cosas, pues pecaríamos de chamanes también. He llamado D1 a nuestro héroe en un intento de destacar lo que llamamos gramática descriptiva, esto es, la que se encarga de describir los fenómenos que ocurren en el lenguaje, y no intenta crear normas a las que se ajuste el sistema. El héroe son los hablantes, la lengua misma, los usuarios de la palabra CD ROM. ¿Alguien piensa en “cederrón” cuando pide a su sobrino que le haga una copia de sus fotos en un soporte físico? Lo dudo mucho. Más que nada porque solo hace falta acercarse a una tienda de consumibles informáticos y revolcarse en una pila de cajas en las que se puede leer CD ROM.

Hablaba antes de la fonética normativa porque, según la norma fonética castellana, no existe la consonante nasal bilabial sonora (lo que conocemos como “eme”) en posición final. Pero ¡ay amigos! Esto es tan relativo. Pongo un ejemplo. Según esa misma teoría, las consonante oclusiva bilabial sonora y sorda tampoco existen (la “be” de “Barcelona” y la “pe” de “Pamplona” respectivamente) en posición final. Sin embargo, yo recuerdo haber ido a algún pub, haberme saltado pocas señales de stop o haberme comunicado con mis amigos de otros países por web cam. A nadie se le ocurriría cambiar ahora mismo todas las señales de España y escribir “estó” en todas. Lo bonito de todo esto es que sí, efectivamente: el 99% de los españoles diríamos “estó” ante una señal roja en la que claramente se lee “stop”. ¿Por qué? Porque nuestra educación fonética nos impide pronunciar esa “s” iniciar sin poner una “e” antes (a esto se le llama “epéntesis”, añadir un sonido de apoyo); del mismo modo, tampoco sabemos pronunciar una “p” final, así que directamente la eliminamos (lo que se llama “apócope”, pérdida de un sonido de la cadena fónica).

De este modo, la RAE considera que los hablantes no podemos pronunciar la “eme” final de la secuencia “ROM”, lo cuál desde ya pongo en duda (creo que somos perfectamente capaces de ello), pero en fin, supongamos que es cierto. Repámpanos, nos vemos obligados a cambiar esa “eme” por una “ene”, que es la consonante más cercana fonéticamente hablando a la “eme” y que sí existe en esa posición en el sistema español. Pero problema: ahora las siglas no se corresponden con lo que definen, así que tenemos que eliminar el sistema de siglas y convertirlo en una palabra natural. No solo eso: el hablante (qué sabrá él, ingenuo mortal, que no sepamos nosotros, dioses del lenguaje) no distingue dos palabras (CD por un lado y ROM por otro), así que vamos a juntarlas en una sola. Y así nace el cederrón.

Pero yo me pregunto: ¿hacía falta? Nadie dice “cederrón”, porque no es productivo; demasiadas letras para acabar diciendo algo que también se puede decir con solo cuatro: cedé. Tampoco apoyaría que apareciera en el diccionario la entrada para cedé, pero lo vería más lógico. Todo esto conlleva una grave carga morfológica para la palabreja de marras. Hasta ahora, como siglas, el plural de CD había sido tal cual, CD:

(1a) Me he comprado un CD.

(2a) Me he comprado cinco CD.

Ahora, sometidos a las reglas morfológicas del castellano, la cosa quedaría como leemos a continuación:

(1b) Me he comprado un cederrón.

(2b) Me he comprado cinco cederrones.

Y dentro de poco, si esto prospera, tendremos cederrones y cederronas (esperemos que nuestra heroína no sea Bibiana Aído). Y también tendremos una güé cán o cámara güé en nuestro ordenador (o varias güé canes), y dejaremos de saltarnos los estós, e iremos a ligar al pá más cercano (o a los pás). El chamán lanza sus conjuros sin atenerse a razones, mientras que la población sufre las consecuencias de sus actos. Pero son dioses, no se les puede toser. No comprenden que la palabra original es bungalow, pero que nosotros diremos bungaló porque es como percibimos el lenguaje. No hace falta normativizarlo, chamanes del lenguaje. Los hablantes sabemos a qué nos enfrentamos, y sabemos que cuando decimos que Pau Gasol está jugando en la NBA a nadie se le ocurriría escribir enebeá; o que Stan Smith es miembro de la CIA, y no de la Cía; intenten quitarle el fútbol al pueblo, y dénle balompié. Solo lograrán tenerlos en su contra.

Quiero que quede claro que no estoy diciendo que todos debamos decir [ce | de | rom], con una “eme” final perfectamente pronunciada. Es imposible, es inútil y es improductivo. Sin miedo, lectores, pronuncien cederrón si són de Madrid, sederró si son de Sevilla, o como les venga en gana. Los demás tenemos competencia lingüística, y los entenderemos sin necesidad de pervertir el término original: seguiremos visualizando un CD ROM. Ustedes, queridos hablantes, son los héroes de esta historia. Quizá es demasiado tarde ya para nuestro amigo el CD ROM, y la única opción sea cortarle la cabeza, prenderle fuego y seguir adelante con nuestras vidas. Pero no olviden que el lenguaje es lo que ustedes quieran que sea, lo que ustedes hagan de él. La vida del lenguaje parte de ustedes, no de una institución. Es un gran poder el que les ha sido conferido. A grandes y a pequeños, a letrados y a analfabetos, a norteños y a sureños. Sean héroes. Seámoslo. Vamos a cazar zombis.

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El lenguaje zombi (4 de 5)

3 03 2010

Ya sin introducciones, la cuarta parte. ¡Ea!

4:

El lector avispado, o filólogo, o ambas cosas, ya habrá visto por dónde va mi disertación. Si no es así, amigo lector, no te sientas mal, o menos listo. Reconozco que ando por derroteros un poco extraños, y que volviendo al título con el que comencé este pequeño trabajo (El lenguaje zombi) la cosa no pinta demasiado bien. Pero te pido un poco más de paciencia para terminar de comprender la idea que me ronda. Si has interiorizado la secuencia de acontecimientos que se dan en el proceso de zombificación, lo que viene ahora resultará extremadamente sencillo y revelador.

Bien, vamos a poner nombre a las cosas. Varias veces he hecho referencia a los filólogos, a la RAE, y el propio título ya establece una dirección clara. A estas alturas, uno ya debe haberse dado cuenta de que no voy a hablar de las palabras o las estructuras sintácticas que más se repiten en los textos de temática zombi; eso lo dejo para otros expertos (para los expertos, vaya). Yo voy a hacer algo tan simple como poner nombre a las cosas. Vamos allá.

Recordamos a P1, ¿cierto? Vamos a sustituir a nuestro querido amigo (vivo ahora de nuevo gracias a las maravillas de la fantasía literaria) por una palabra. Por supuesto, esta palabra ha de cumplir los mismos requisitos que cumplía P1 como firme candidato a ser infectado: ha de ser una palabra débil. Escojamos una de las más débiles en castellano: CD ROM, que no solo son siglas sino que, además, proviene de otro idioma (recordemos, Compact Disc – Read Only Memory). Ya veremos quién hace las veces de malvado chamán y de héroe.

Pues nada, tenemos a nuestra palabra viviendo tranquila por el subespacio asignado al lenguaje, feliz de conocer países y convivir con otras lenguas. Se codea con nuestro sistema de preposiciones, se hace amiga del viejo término “vinilo” o “cassete”, intima en exceso con el verbo “grabar” (pero tiene una aventura con el verbo “regrabar”), etc. Feliz, vaya, lo que se dice feliz. Algo altera su existencia, claro. Aquí los hablantes no dicen [sidi’rom], como decían en su patria natal, sino que optan por llamarla [cede’rom]. Bien, estupendo. Todo el mundo sabe lo que es un cederrom, o un CD a secas (el ROM desaparece por varias causas que no voy a analizar ahora). Sin embargo, el malvado chamán ya ha echado el ojo sobre su débil existencia, y espera a que se sienta segura entre nosotros para asestar su golpe.

Efectivamente: la RAE hace acto de presencia y conjura a los antiguos poderes de la fonética normativa del castellano. De este modo, elimina la existencia de CD ROM y la sustituye por el zombi, por el malvado cuerpo sin vida (pues no ha nacido de la vida dada por el lenguaje, sino de una institución formada por esos dioses del lenguaje que mencionaba más arriba), y a ese zombi lo llama… ¡cederrón! Sí, cederrón. Maldita sea. Chomsky se revuelve en su tumba (ya, aún no está muerto… pero se revuelve, de cualquier modo), Bosque siente un fuerte pinchazo en la sien, Eguren sufre un colapso nervioso, y en diversas partes del mundo, filólogos y estudiosos de la lengua dejan caer sus tazas de café a medio beber, dejando que estallen contra el suelo en miles de diminutas porciones de cerámica empapadas en cafeína. CD ROM ha muerto. La RAE ha echado a andar su pútrido cuerpo bajo el nombre de cederrón. Es el momento de que aparezca un héroe que ponga fin a su mal llamada vida.





El lenguaje zombi (3 de 5)

1 03 2010

Prosigamos con la tercera parte de “El lenguaje zombi” 🙂

3:

Algo más arriba definíamos el proceso de zombificación en tres pasos, y apuntábamos hacia la idea de que el lenguaje era una entidad viva susceptible a ser sometida a dicha secuencia de acontecimientos. Voy a desarrollarlos un poco más para comprender la relación que pretendo establecer.

Primero, se va la vida. Supongamos un sujeto experimental llamado, no sé… P1, para no encariñarnos demasiado de él. El desdichado tiene la mala suerte de caer en los brazos de la infección (o la maldición, o la contaminación, insisto, según versiones) y muere internamente para pasar a convertirse en una especie de caparazón de carne que más tarde se moverá impulsada por instintos y nada más. Esos instintos son, básicamente, supervivencia y necesidad de alimento. Pero estamos entrando en el paso dos, no nos adelantemos. Es importante hacerse una pregunta: ¿quién sucumbe? Efectivamente, el más débil, el menos adaptado al medio. Es selección natural, no estoy diciendo nada nuevo. Así que debemos suponer que P1 no era demasiado hábil, o no corría demasiado, o tenía un sistema inmune excesivamente débil. Ya tenemos un pedazo de carne sin vida.

A continuación vendría el segundo paso. La vida que había antes en ese cuerpo, ahora inerte, se sustituye por algo corrupto: la infección, lo perverso, lo negativo. Vemos cómo P1 se levanta de nuevo con cara de pocos amigos: ojeras, despeinado, quizá algún trozo de carne colgando de sus viscosas mejillas. ¿Qué ha ocurrido? Un chamán vudú, pongamos R1, ha obrado su magia y ha decidido cumplir con sus malvados propósitos valiéndose de P1, que ahora es totalmente esclavo de un poder superior: el instinto del que hablábamos y, quizá, las órdenes del malvado chamán, si este tiene el suficiente poder. P1 ha muerto, por tanto, y ha sido sustituido por un ente viciado.

La secuencia podría bien terminar aquí. Pero como las historias de zombis acostumbran a ser fantásticas, tiene que haber un héroe, alguien que se encargue de acabar con esa repulsiva forma. Como ya dije antes, no existe una cura que elimine el mal zombi del organismo, pues ello supondría no solo descontaminar el cuerpo, sino también resucitarlo. Así que a nuestro bravo justiciero, al que llamaremos D1 (no sé, al azar), no le queda otra opción que liquidar al pobre P1, cuyo único crimen ha sido tener la mala pata de entrar en el espectro de visión del malvado R1. Así que, con lágrimas en los ojos, D1 coge su espada, o su escopeta, o su motosierra, o una lata de queroseno y una cerilla, o polvos de talco, o agua bendita, o salsa inglesa, o lo que sea, y se encara al pobre P1, que ahora obedece a su irrefrenable deseo de consumir porciones de humano. Por supuesto, una vez tengamos a P1 agonizando y a D1 recubierto de sangre, vísceras y disfrutando del bien merecido puro de la victoria, cabe la opción de que la adrenalina haga explosión en su organismo y se decida a adentrarse en la siniestra guarida de R1, nuestro chamán, y acabe con su miserable estrategia. Pero eso quedaría para una secuela.





El lenguaje zombi (2 de 5)

27 02 2010

Continuamos con el artículo que comenzamos el otro día. ¡Espero que os guste!

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No todo es fantasía, y qué duda cabe de que el componente fantástico bebe de las fuentes del raciocinio y la intelectualidad. Aunque haya crecido desambiguado del zombi, lo cierto es que el concepto “vudú” alude directamente al estado de vida tras la muerte. Según la RAE (y atención, que la referencia no es gratuita), el vudú es el “cuerpo de creencias y prácticas religiosas que incluyen fetichismo, culto a las serpientes, sacrificios rituales y empleo del trance como medio de comunicación con sus deidades”. En fin; todos tenemos en mente el típico muñeco de trapo al que añadimos un par de pelos y en el que clavamos alfileres para maldecir a quien nos ofende o nos hace mal.

Pero el vudú, como decimos, es algo más. Son los chamanes los que se han ocupado de reanimar cuerpos inertes a lo largo de los tiempos, y hay estudios documentados que muestran cómo esto puede ser real. No en las dimensiones de la fantasía, claro, pero una reanimación post- mortem siempre resulta, cuando menos, impactante. Se ve que en el ritual intervienen elementos como el veneno de fugu, el pescado venenoso japonés, y otros materiales truculentos, como huesos machacados, pero eso es harina de otro costal. Hay trabajo considerablemente buenos sobre ello, y  no nos entretendremos más aquí. Baste haber introducido en este punto todos los conceptos que ayudarán al lector a comprender el título de este pequeño artículo.





El lenguaje zombi (1 de 5)

26 02 2010

Pues voy a estrenar este blog con un texto que he escrito hace poco y que dividiré en cinco partes, por no hacer demasiado extensa la entrada. Espero que os guste.

1:

Como setas en un buen día de lluvia otoñal, los libros de temática zombi germinan y dan fruto en el panorama literario actual. Por unas razones o por otras, el “género” (término confuso y difuso, de límites extrañamente definidos) ha proliferado hasta un nivel poco estudiado por esos autonominados dioses de la lengua y la literatura, señores supremos del saber lingüístico y filólogos en general. Mientras el mazazo del vampirismo sacude a las trombas de adolescentes necesitados de una realidad alternativa (como ya necesitaron los románticos, ojo), las estanterías de las librerías se pueblan de rostros pálidos de ojeras oscuras ávidos de cerebros, protagonistas de guerras mundiales, apocalipsis o sacrilegiando (atención filólogos) clásicos de la literatura universal, como la célebre historia de nuestro pícaro Lázaro o aquella de las hermanas Bennet.

Por supuesto, la primera pregunta es obligada: ¿por qué? ¿Qué hace a estos repugnantes seres, definidos explícitamente como ponzoña, escoria, bazofia, tan atractivos para el lector? No es el momento de responder a esta pregunta. Pero ha de ser respondida: esperemos que esa sacrosanta cofradía de válidos estudiosos vuelva la vista a la realidad y se preocupe un poco por ello. Por mi parte, y desde estas escuetas palabras, puedo considerar que uno de los principales atractivos de nuestros amigos gimientes reside en su naturaleza corrupta. En un mundo tan débil (y me refiero ahora al ser humano), es interesante encontrar un relato donde la corrupción se hace protagonista. Ante esta corrupción (el zombi) aparecen tres formas: el que es corruptible (el débil), el corruptor (el que solo quiere hacer caer a los demás) y el héroe, el que no cae y dedica su vida a luchar contra la amenaza.

El zombi es una figura en constante degeneración. No existe redención posible, no hay forma de volverse atrás. Una vez has sido mordido o infectado (según versiones), tu humanidad se hace a un lado y solo queda un cuerpo perverso, un trozo de carne corrupto. Se darían, por tanto, tres fases en el proceso de zombificación: se va la vida -> se sustituye la vida por algo perverso -> si se da el caso y aparece el “héroe”, muere la perversión (y, con ella, la vida anterior). Mi premisa de hoy es que el lenguaje es una entidad viva y, por tanto, está también sujeto a esta secuencia de hechos. El próximo día veremos cómo.