Nos hacemos mayores

30 09 2010

Pues sí, tarde o temprano todos nos hacemos mayores. Una lástima, en cierto modo, pero también una maravillosa oportunidad de hacer cosas grandes. Una oportunidad que tenemos que saber coger mientras está ahí, porque termina pasando, se va. Y no, amigos, esas oportunidades no vuelven.

Como nosotros, nuestra realidad también crece. Todos a nuestro alrededor avanzan hacia un estado de madurez irreal en algunos casos, plena en otros, y con ellos, sus respectivos mundos. De este modo, todo acaba conectado, y todos acabamos siendo partícipes del crecimiento de todos.

Por eso, en este último post de este blog, quiero agradeceros a todos los que os habéis pasado por aquí de forma más o menos regular; a los que habéis comentado, a los que solo os habéis pasado, a los que habéis compartido experiencias, a los que habéis hablado de estos ratos de lengua, literatura y cultura en general con otras personas. Podéis estar seguros de que una parte importante del crecimiento de esto recae directamente sobre vuestros hombros.

Porque sí, literratos ha ido creciendo. Poco a poco, y quizá todavía no puede llamarse un éxito como tal. Pero ha crecido, qué duda cabe, y creo que es un buen momento para que de un paso adelante. Así pues, sin más preámbulo, os emplazo a todos a visitar su nuevo hogar en www.literratos.es, donde espero seguir contando con todos vosotros y donde continuaré con mis más o menos afortunadas entradas.

Nada más por aquí. Espero que hayáis disfrutado de esta etapa. Ahora toca empezar otra.





Chistes disfrazados de cosas serias

26 09 2010

No nos damos cuenta muchas veces de la cantidad de cosas graciosas que ocurren a nuestro alrededor. Estos días me han pasado unas cuantas, así que quiero compartirlas con vosotros para que os deis cuenta de lo interesante que puede ser un simple paseo por la calle si lo miramos desde el punto de vista oportuno. Vamos allá.

Lo primero de lo que quería hablar es un titular que leí en el twitter de @el_pais, y que reza así:

El arzobispo de Canterbury […] dice a The Times que no ve problema en que haya obispos gays, siempre que no mantengan relaciones sexuales porque la tradición y la historia dictan que los clérigos deben ser célibes.

Ah, sí, nuestras viejas amigas. Tradición e historia. Pese a que es la declaración más tolerante que he escuchado por parte de la iglesia en los últimos días meses años siglos, sigue pecando de un increíble toque hipócrita que no deja de sorprenderme. Es como ponerle a un niño delante dos platos, uno con golosinas y otro con fruta, y decirle: “¿qué prefieres?”, y en el mismo momento en que el niño vaya a agarrar la primera golosina, retirar los platos y decirle con una mirada paternalista y una sonrisa condescendiente “da igual, no puedes comer de ninguno”. Vamos, que a Dios rogando y con el mazo dando. Pero dando bien, donde duele. Me encantaría haber visto la cara del arzobispo de Canterbury. Seguro que ha soltado una carcajadita y ha dicho algo así como whatever. Miradle la cara y decidme que no. Y mientras, la tradición y la historia, alejadas ya de cualquier otra institución con un mínimo de sentido común, espoleaban sus palabras entre risas y llantos. Pues muy bien, hombre, muy bien.

En otro orden de cosas, el tema de la huelga está dando para mucho. Por supuesto, los sindicatos no tienen razón, y por supuesto, el gobierno, la oposición o cualquier organismo político tampoco.

-Oiga, perdón, es que los sindicatos también son un organismo político.

Ah, vale, disculpe. No sé en qué momento pensé que representaban al trabajador. ¿Cuándo se presentará UGT a unas elecciones generales? Al tiempo. Pero en fin, al grano. El caso es que vuestro amigo Rubén daba un paseo agradable una bonita mañana de septiembre cuando su paz se vio turbada por una furgoneta blanca, grande, empapelada de carteles con el mensaje “ASÍ, NO”. Me gustaría hacer notar que, por mucho que hagamos una pausa, esa coma no es del todo correcta, pero ya está, lo dejo ahí. La furgoneta (con altavoz incluido, por supuesto), iba lanzando mensajes panfletarios (malditos comunistas) sobre la necesidad de ir a la huelga, la importancia de ello, y todas esas cosas, al tiempo que una mano misteriosa asomaba por la parte de atrás y lanzaba una ingente cantidad de panfletos a las calles de mi barrio. Que no es el más bonito, pero caray, venir a tirar papel al suelo… ¿lo veis? Es un ejemplo precioso del significado de los sindicatos: antigüedad. En su momento sirvieron para ensalzar la figura del obrero, sí, pero me parece que tienen que renovarse un poco. Mucho, en realidad. Igual que tienen que aprender que el tema de las octavillas era de una época ajena a Internet, la televisión o la radio, tienen que saber que el empresario de ahora no es el de hace cincuenta años.

Pues nada, la misteriosa mano de los papeles se ha apeado del aparato (previa detención de este, claro), y ha empezado a encasquetar la mercancía directamente en mano. Dos de los receptores del mensaje han optado por manifestar su opinión: “nosotros no vamos a ir a la huelga, no está la vida como para perder trabajo”. La mano misteriosa se ha vuelto a subir a la furgoneta, esta ha arrancado, y, mientras se alejaba, la cabeza perteneciente a la mano misteriosa ha asomado por la ventana para emitir una bárbara serie de exabruptos hacia la pareja de esquiroles malnacidos. Ha salido tal repertorio de insultos que habrían escandalizado al mismísimo (ponga aquí el nombre de su tertuliano/a favorito/a). Y a mí me ha dado la risa al pensar en el respeto que los sindicatos han pedido, en el derecho a la huelga que han pregonado tan airosamente. Imaginad que esto es una película (no, no lo es, por desgracia, pero vamos a extrapolarnos un poco para ver las cosas con perspectiva). Los malos en el poder, riéndose de nosotros, los pobres obreritos. Los buenos corruptibles (los sindicatos) perpetrando malévolos planes en su cúpula del mal:

-Lo que tenemos que hacer es cortar los transportes. Si dejamos a la gente sin transporte, no irán a trabajar, y así parecerá que han secundado la huelga. Es brillante, camaradas, mwahahahahahaha.

Y entre tanto, nosotros, los afectados, sin darnos cuenta de lo que realmente nos hace daño y, por tanto, sin poner soluciones. ¿Lo voy a decir? No. Allá cada cual con su conciencia. Yo prefiero reírme de la situación y hacer lo que pueda desde aquí. Es mejor, y más sano. Pero no voy a dejar de remarcar lo paradójico de la situación:

Pues eso. Me han pasado más cosillas, pero creo que me las voy a dejar para el siguiente recopilatorio. Por hoy, con estas dos, ya vamos bien. Y si no os parece gracioso que un arzobispo tome el pelo a la comunidad homosexual (aunque solo se haya referido a los curas, pero es extrapolable) o que unos jóvenes entusiasmados por una causa que no conocen increpen a unos ancianitos por la calle a gritos intentando representar unos ideales… pensadlo otra vez.

Por cierto, quería comentar que estoy en una fase un poco experimental con el blog. Ya habéis visto que he subido cuentos, diálogos, seguiré con el experimento literario… y quién sabe, quizá hasta me anime a subir algo de poesía. Me gustaría conocer opiniones al respecto, que esto crece gracias a vosotros. Por supuesto, seguiré con mis inquietudes y reseñas de cultura (las que pueda), y espero poder expresar este curso también algunas cosillas sobre la fonética, que es, al fin y al cabo, a lo que me dedico. ¡Decidme, amigos!





Las aventuras de Jimmy el lingüista y Mike el matemático (1)

23 09 2010

-Y cuando llegaron a la montaña, lo vieron con claridad. El castillo se alzaba majestuoso sobre el risco más escarpado, mostrando imponente sus almenaras, sus torretas, su puerto, su…

-Espera, espera, ¿un puerto? Acabas de decir que el castillo está en lo alto de la montaña, ¿cómo va a tener un puerto?

-Pues… Teniéndolo. ¿Por qué no iba a tenerlo?

– ¿Lo dices en serio? ¡No hay puertos en lo alto de una montaña! Bueno, ahora sí, los de carretera, pero de los que tú dices no.

-¡Todos los castillos tienen puerto! Estén donde estén, eso lo sabe todo el mundo.

-Estás loco…

-Si no, ¿por dónde van a entrar los ejércitos? ¿Los carromatos?

-¡Por la puerta!

-Sí, pero la puerta es…

-No te sigo. ¿Adónde quieres llegar?

-Vamos a ver, ¿cómo llamarías a una cesta grande?

-Mmmh… No sé, ¿cesto?

-Bien, y el nombre de un cubo grande es…

-Una cuba, claro.

-Por tanto, una puerta grande se llamará…

-… Te odio, Jimmy





Me he vuelto a cabrear

20 09 2010

Es que no hay manera de que la prensa derechista aprenda. No la hay. Y me da mucha rabia, porque murió José Saramago, y los de Libertad Digital la cagaron estrepitosamente. Ahora ha muerto Labordeta, y un señor que merece de mí menos reconocimiento que una cucaracha pisada por un perro bañado en orines y vómito de alce canadiense ha decidido empezar a despotricar contra él.

En esta ocasión ha sido en El Mundo, concretamente el señor individuo ser antropomórfico Salvador Sostres, y no voy a poner enlace al artículo porque no quiero darle más publicidad de la que ya se está llevando. Me da verdadera pena que haya gente que disfrute con algo tan morboso como es echar mierda sobre una persona muerta. De verdad os lo digo, me da auténtica lástima. Y ya no me meto en si Labordeta era bueno o malo, que me da igual. No se puede esperar a que una persona se haya ido para ponerlo a parir, porque es de cobardes. Y eso es lo que, para mí, es este señor, un auténtico cobarde.

Por lo menos, tiene la decencia de ponérnoslo fácil para saber el por qué de su estado mental. En su artículo, hace apología de la civilización pretendiendo acabar con la vida rural. Cito textualmente:

Hay demasiados bosques, demasiados caminos, demasiadas rutas. En la mayor parte del territorio español falta asfalto, casinos, cines, bares que cierren tarde con pianistas imposibles. Faltan coctelerías, grandes restaurantes, carreteras como Dios manda, túneles para no tener que dar tantas vueltas.

A este señor le faltan luces. Espero que viva muchos años, señor Sostre, para ver ese mundo sin comida que crezca en la tierra, sin árboles, sin animales que comer. Que se quede sin la arena de las playas, sin gente que sepa de la tierra todo lo que nosotros, cosmopolitas, no sabríamos manejar.

Por cierto, aunque mejor redactado que aquel artículo de LD, este ser también tiene faltas de redacción. Hacen falta más periodistas serios y menos lemures en las redacciones editoriales.





Reflexiones rápidas (a la par que tontas) 2

20 09 2010

Cuando uno va a museos o a ciudades de turismo, generalmente se harta de ver estatuas. Figuras en piedra, bronce o mármol (que es piedra, pero más) de militares, reyes, escritores y demás figuras de renombre. Es así, no le demos más vueltas.

Pero yo digo… ¿cuándo lo dejamos? ¿Ya no se hacen esculturas? Las más modernas (con figura antropomórfica, se entiende) son de algunos escritores de la generación del 27, pero con la llegada de las vanguardias, pareciera que nos hemos olvidado de representar escultóricamente a los grandes. Entendería una estatua de Nadal, reivindico una de Punset. En fin, bienvenidos a mis devaneos mañaneros 🙂





El hombre que se enamoró de una palabra

18 09 2010

La palabra brotó de la mente del hombre. Estaba tomando un café tranquilamente con sus compañeros de oficina y, de repente, recordó que nunca había escuchado la palabra, y una fuerte sacudida hizo vibrar su organismo. ¿Cómo se recuerda algo que nunca has conocido? Quizá soñó con la palabra hacía mucho tiempo y, como un fantasma que vuelve a llamar delicadamente a nuestra puerta para reclamar nuestra atención, largo tiempo desviada hacia intereses más mundanos, ella había vuelto. Pero ¡ay! Qué forma más cruel de regresar. En forma de recuerdo, de vaga sombra. La palabra no era más que un leve susurro en el día a día del hombre. Si hubiera que preguntarle a él, diría que la sensación era similar a tener una palabra en la punta de la lengua, que no llega a salir, solo que al revés. No quería que la palabra saliera, sino que entrara en él, que lo inundara. Dejó su café y abandonó a sus compañeros de oficina. Salió a la calle y empezó a buscar.

Al cabo de unas semanas, volví a ver al hombre. Su aspecto no era malo, he de decir. Quizá el halo de hombre enamorado que lo envolvía ayudaba a disimular las ojeras que se marcaban afanosamente en su rostro. Le pregunté que cómo le iba, y me dijo que se había enamorado. Me alegré por él, claro, pero cuando avanzó en su historia, temí que la cordura de mi buen amigo, el hombre, se hubiera ido a dar un paseo por alguna estrella cercana. Enamorado, sí, pero no de una persona. Estaba enamorado de una palabra. De esa palabra que aún no lograba perfilar.

Emocionado, sacó una carpeta y la abrió, derramando su contenido en la mesa que compartíamos. Entre nuestros respectivos cafés –yo con leche fría, él un cortado que no probaría hasta dos minutos antes de largarse– apareció una marea de folios escritos. Miles, quizá millones de palabras garabateadas, escritas en mayúsculas, en colores, al revés, con bolígrafo, de más de quince letras. “Mira, ¿ves?”, me dijo. “Aún no he encontrado esa palabra, pero sé que está cerca”. Y una sonrisa apareció en el rostro de un hombre, el hombre. No era una sonrisa maniática ni desquiciada; pude sentir claramente que mi buen amigo no estaba loco. No, nada más lejos de la realidad. Miraba con unos ojos que por vez primera parecían ver de verdad, y saboreaba cada átomo de aire que respiraba. Su estado no era frenético, sino sosegado. “La voy a encontrar, amigo mío, muy pronto”. Así que le hice la pregunta que a todos os habrá venido a la cabeza. “¿Y qué harás cuando la encuentres?”. Creedme: cuando la duda atraviesa la mente de un hombre enamorado, uno puede ver un rayo fulminante tras su mirada. Yo vi ese rayo. Me confesó que no lo había pensado, y efectivamente, durante unos segundos pareció perturbado. No obstante, inmediatamente se repuso, y dijo que cuando la encontrara sabría qué hacer. Sin duda. Le sonreí intentando transmitir lo que sentía en ese momento (total y absoluto desconocimiento de la situación, pero apoyo incondicional a mi amigo, el hombre, un enamorado más), y me levanté para pagar los cafés.

Cuando volvía a por mi chaqueta, la expresión de el hombre había cambiado. En una sola tarde, la mente de mi buen amigo había atravesado varias emociones (¡y cuántas más habría pasado en sus semanas de búsqueda!), pero esta me era totalmente desconocida. Había dejado a medio terminar la tarea de recoger todos los papeles anteriormente dispersados. En lugar de apurar su café solo de un sorbo al final, como solía hacer, la bebida continuaba aún impertérrita en su taza, en su platito, en su mesa, en la cafetería, en Madrid. El café se convirtió de pronto en un epicentro de mutismo y quietud, propiciado por la expresión de mi buen amigo, el hombre. Ojos vigilantes, labios entreabiertos, manos en tensión. Decidí no perturbar la epifanía que estaba experimentando, fuera esta la que fuera, y observé acodado en la barra, esperando que su estado finalizase pronto para poder recoger mi chaqueta de la silla.

No tardó demasiado en reaccionar. Se levantó de su asiento y se dirigió a una mesa que se encontraba a su espalda, unos metros hacia el fondo de la cafetería. Yo cambié mi posición en la barra para acercarme y poder vigilar bien sus movimientos. Aunque no estuviera loco, estaba cansado, y podía necesitar de mi intervención en cualquier momento. Temí lo peor cuando cogió una silla y se sentó en la mesa que ocupaba una chica de mediana edad sin dejar de mirarla (a la chica, claro). La joven se quedó, a su vez, mirándola. “Perdona”, dijo mi amigo cuando pudo reaccionar y el juego de miradas hubo terminado. “¿Puedes repetir lo que acabas de decir hace un momento?”. Titubeando un poco, ella lo repitió. Y os juro que vi la luz nacer en el hombre, y supe que había encontrado su palabra. Así que los dejé charlando. Recogí mi chaqueta y me tomé la libertad de recoger la carpeta de mi amigo, el hombre.

Ya en casa, quise volver a echar un vistazo a sus notas. Desde luego, yo jamás habría imaginado tantas formas diferentes de escribir, pero ahí estaban. Y, al final, la palabra no fue más que una voz. El suave movimiento de la comisura de los labios de quien la pronuncia, la mirada que refleja cada uno de los sonidos de los que está conformada, el leve gesto de manos que quiere apoyar a su significado. La palabra no son letras, ni formas, ni sonidos aislados, sino lo que aquella joven fue capaz de hacer con ella.

No sé qué palabra fue. Ni tampoco sé, ya de paso, cómo fue que el hombre fue capaz de escucharla. El ruido de la cafetería era considerable, y seguramente la chica habló para sí misma, ya que estaba sola. Susurró. Pero el susurro llegó hasta el hombre, y lo guió en medio de tal caos. Supongo que es parte del poder que tienen las palabras, ese del que la mayoría de nosotros no somos conscientes. Así que, si me permitís un consejo, si os enamoráis de una palabra, no la busquéis en diccionarios, tipografías o materiales de escritura. Dejad que sea ella la que os guíe. ¿Tenéis alguna palabra favorita?





Palabras más, palabras menos

17 09 2010

Parece que hoy, definitivamente, el verano ha hecho las maletas y ha decidido ir a asentarse a otros lugares, presumiblemente más cálidos. Anoche cayó una fantástica tormenta que ya no podía considerarse “de verano”. Fue un chaparrón en toda regla, con su duración indeterminada, sus rayos cegadores y sus truenos deslumbrantes. Bien es cierto que hace poco cayó también una buena chupa, con sus bolitas de granizo y todo, pero estuvo acompañada de un bochorno insoportablemente bochornoso (en todos los sentidos). Para muestra, un botón:

Ya véis, menudo chaparrón. Pero insisto, es de esas lluvias incómodas que sí, te calan hasta los huesos con un par de segundos que pases a la intemperie, pero de las que nunca llegas a saber separar del todo agua de sudor. La de anoche fue una lluvia refrescante, de la que repiquetea con elegancia en la ventana de tu habitación y acompaña perfectamente tu sueño. De esas que, al despertar, inundan tu casa con un fascinante aroma a tierra mojada que augura, ahora sí, la llegada del otoño. Ya solo queda esperar que las hojas cambien de color, que el cielo adquiera ese tinte grisáceo de forma permanente y que la temperatura obligue a salir de casa con una chaquetilla. Y eso, amigos, está a la vuelta de la esquina.

Las tormentas de otoño son las mejores. Sin duda alguna.

Hay otro marcador infalible para saber que se acaba el verano: la prensa. ¿Os habéis dado cuenta? Ya he escrito mis dos buenos párrafos y no he dicho ABSOLUTAMENTE NADA. Que viene el otoño, bueno. He puesto un vídeo, he metido alguna imagen, y he llenado una buena parte de mi entrada de hoy. De esto se nutre la prensa durante el verano. Uno va al kiosco y se encuentra con una abrumadora (y bochornosa también, ya de paso) cantidad de titulares del estilo

Es verano: hace mucho calor

y lo peor es que, de aquí a un par de meses volveremos a ese mismo kiosco, y los titulares dirán algo parecido a

Es invierno: hace mucho frío

Creo que ya comenté esto en algún momento. En fin, es que hoy no tengo demasiadas cosas que contar. Llevo un par de días enfrascado en un estudio sobre la enseñanza del léxico español en las universidades de Kirguizistán y, en fin… con todo lo interesante que puede ser el tema, me ha dado poco tiempo a relacionarme con algo que no sea el ruso. Cosas, ¿eh?

En fin. Podría hablar de muchas cosas, la verdad. El Papa está en Gran Bretaña, y se está liando un poco por allá. Tampoco veo que haga falta hacer tanto revuelo… es un jefe de estado visitando otro país en calidad de diplomático. Ahora bien: lo de cobrar 6 euros por misa y compararlo con los que pagan 40 por ver a Lady Gaga me parece un poco chungo. Y contraproducente para ellos, además, pues se comparan a sí mismos con un espectáculo de entretenimiento, fantasía y clichés. Es la historia de un planeta que gira en torno a unas religiones que no son religiones… lo de siempre.

También podría hablar del enorme boom que la palabra “social” está teniendo en Internet. Ahora todo es más social. El nuevo IE es más social. El nuevo correo de yahoo es más social. El nuevo iTunes es más social. Nade Diaspora, la red social más social de todas. Y claro, lo que ya era social, ahora tiene que hacerse MÁS social aún, como twitter, que cambia de imagen y añade cosillas que, la verdad, me parecen acertadas (sin haberlas aún probado, ojo). Ante tal explosión de conectividad y voluntaria mundialización de la privacidad, solo me queda recordar que lo que implica el término 2.0 es algo que lleva mucho, mucho tiempo inventado. Platón era 2.0, sin ir más lejos. Diálogo, comunicación, amigos. He ahí la clave. Y, lo siento mucho, pero un botón de “Me gusta”, otro que dice “Retweet” y un tercero que, genéricamente, diga “share this!” no son sustitutos de una buena conversación con un café o una cerveza. Tengo que reivindicarlo, porque a veces se confunden los términos, y no me gusta que pase esto. Sí, yo tengo facebook, twitter, un blog, sigo las noticias en Menéame y todo lo que queráis, pero no es mi herramienta de comunicación primaria. Son un medio, nada más, una simple (valga la redundancia) herramienta que ha de servir a un fin mayor: la comunicación real. No perdáis de vista esto. Y para corroborar, tengo a varios amigos de este blog. MiguKendo, Ade, Lo, Auro, Ele, creo que vosotros sabéis lo mucho que se disfruta de una conversación cara a cara. Así que, desde lo más profundo del mundo de sueño en el que ahora mismo me encuentro (estoy que me caigo), os pido: no dejéis que eso muera.